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Espionaje digital: Poder, guerra y cultura

El día de hoy Wikileaks reveló lo que, en palabras de su fundador Julian Assenge, es la “mayor revelación de información de la CIA en la historia de Wikileaks”. El hacktivista pronunció esta declaración desde la embajada ecuatoriana en Londres, donde permanece aislado del mundo para evitar ser capturado y enjuiciado por las autoridades de Estados Unidos.

Hablar de espionaje digital en los tiempos contemporáneos es hablar de dos asuntos particulares: guerra y cultura. Empecemos con el primer punto. En los últimos años hemos sido testigos de cómo el Internet se ha vuelto un campo de batalla entre múltiples frentes. Que los rusos, que los norteamericanos, que James Bond. Sean quienes sean los actores políticos, la realidad es una: el mundo virtual ha pasado a convertirse en uno de los escenarios bélicos por excelencia en el Siglo XXI.

Hace unas semanas se revelaba por varios medios mexicanos un acontecimiento que deja claro cómo esta realidad traspasa naciones e intereses. Una organización social reveló que activistas de derechos humanos y defensores del impuesto a los refrescos azucarados fueron espiados por un malware instalado en sus celulares a través de mensajes privados con ligas a noticias elaboradas especialmente para ellos.

En rueda de prensa varias organizaciones que se dedican a la defensa de los derechos digitales condenaron el acto, sobre todo porque se sabe que el malware en cuestión lo desarrolla una empresa israelí, que supuestamente “sólo le vende su producto a gobiernos”. Esto plantea muchas dudas: ¿El gobierno mexicano está coludido con empresas refresqueras en materia de espionaje? ¿Hasta dónde están dispuestos a llegar los intereses de empresas como Coca Cola o Pepsi Cola con tal de defender sus intereses económicos?

Baja California en particular también ha sido un punto geográfico donde el espionaje político ha cobrado mucho impulso. Desde hace 2 años se reveló información sobre cómo el gobernador del estado, Francisco “Kiko” Vega contrató diversos programas de espionaje bajo el supuesto de “salvaguardar la seguridad pública”. Sin embargo, dada la coyuntura que atraviesa el todavía mandatario, no sería sorprendente descubrir un día de estos que dichos programas fueron utilizados para espiar activistas, periodistas o líderes sociales de movimientos en defensa del agua.

Otro caso que vale la pena citar es el del hacker colombiano que ayudó a Peña Nieto a ganar las elecciones. Fue la revista Bloomberg la que en 2015 publicó un extenso reportaje citando una entrevista realizada a dicho hacker, quien mencionó que entre los servicios contratados que le prestó al hoy presidente de México, estaban el espiar las telecomunicaciones de sus adversarios.

Mencionábamos al inicio de este artículo dos vertientes del mismo fenómeno. Bueno, ahora podemos proceder con la segunda parte: la cultural. ¿Qué tiene que ver la cultura con el espionaje? ¡Todo! Si uno lo piensa bien, en realidad ¿cuánta gente toma medidas de precaución suficientes al momento de publicar contenidos privados en Facebook? Hoy basta con entrar al perfil de algún contacto para saber información como su ubicación geográfica, sus relaciones interpersonales más cercanas, sus gustos musicales, deportivos y culturales, todo al alcance de un par de clics, aunque variando, claro, según sus configuraciones de privacidad.

El caso es que la cultura de la protección de la información no es una prioridad para miles de usuarios en todo el mundo. Esto es sumamente preocupante, considerando las últimas revelaciones de Wikileaks sobre la forma en que la CIA puede espiar a los usuarios a través de celulares, computadoras, tabletas e inclusive con las nuevas televisiones inteligentes. ¿Qué pasa con nuestra seguridad si todo el tiempo estamos vigilados por el Gran Hermano? Pues que simplemente dejamos de ser libres, para convertirnos en seres controlados por los designios de quien controle la vigilancia.

En la serie de ficción “Mr. Robot”, el protagonista es un hacktivista que decide acabar con la base de datos de un banco maquiavélico cuyos tentáculos se extienden por múltiples zonas, empresas e individuos. Sin embargo, contrario a los deseos iniciales del protagonista, las cosas no salen de acuerdo a lo planeado.

Así inicia una serie, en mi opinión muy inspirada en la ficción “El Club de la Pelea”, pues mezcla delirios paranoicos y esquizofrenia con revolución mundial. Claro que no traje a colación esta serie por esto, sino por el amplio margen del espionaje digital que nos abre. Si queremos comprender un tema tan actual e importante en nuestro mundo posmoderno, es imprescindible mirar esta serie, pues en ella se mezclan desde la ficción, todas las formas en las que el espionaje y el hacktivismo digital se conecta con la política y la economía global.

Quién sabe, quizás incluso después de verla el lector decida que ha llegado el momento de abandonar los estudios o el trabajo para dedicarse a algo que en el fondo siempre quiso ser: una persona capaz de vaciar una cuenta de banco con un botón, arruinar una vida robando una contraseña, o proteger a alguien con los conocimientos informáticos de última generación. En el mundo del espionaje digital, ser un hacker es sinónimo de héroe. 

Dogo Filósofo

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