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Zacatecas, del asombro al miedo

Zacatecas asombra, pero asusta. Entre sus callejones se siente el pasado, que no siempre es deslumbrante como la plata y el oro que se extraía debajo de estos. 

La mina del Edén, un profundo agujero debajo de todas esas callejuelas, hace retumbar ese espíritu profano y avaro de los españoles como la boca de una guitarra lo hace con las notas de un réquiem mal interpretado.

Zacatecas me gusta, me trae a la memoria a mi padre, recorriendo las escalinatas hacia el cerro de La Bufa con mi hermana, diez años menor que yo, a sus hombros, entre los tronidos de cuetones que simulan los disparos de una batalla entre soldados imperialistas y chinacos independentistas. 

El viento, calando en las mejillas como dos trozos de hielo permanentemente pegado a ellas, es siempre una constante en las memorias de esta urbe. Y el arte, también el arte es omnipresente en ellas.

El recuerdo más nítido es el de la entrada superior de la mina, con la reja cerrada a candado, y mi padre agarrado a los barrotes con la mirada perdida, el gesto destemplado y la garganta desgañitada. 

Unos minutos antes habíamos decidido hacer el paseo por esta entrando por ese mismo lugar. Era ya tarde, casi de noche, y el recorrido se anunciaba como el último. Nos internamos con curiosidad, solamente nosotros, la familia, siguiendo una guía joven y risueña.

Tendría yo unos once años y, a pesar de las historias de mineros explotados, de las muertes que cobró la avaricia y del lúgubre entorno al interior de las cuevas, no sentí miedo. No durante el recorrido.

Al llegar al otro extremo, mi padre solicitó a quien nos conducía regresar hacia la otra entrada, pues nuestro hotel estaba localizado por esos rumbos. Accedió, pero se excusó de realizar el trayecto de vuelta con nosotros pues su casa, dijo, estaba a unas cuadras del extremo en que nos encontrábamos.

Regresamos a marcha forzada, un poco atizada por los nervios y otro poco por la temperatura que descendía. Pero tampoco sentí miedo. No hasta llegar a la puerta y encontrar la reja cerrada.
Gritamos, sonamos el metal con las llaves y llaveros que teníamos a mano y nada sucedió. 

Cuando mi madre, mis hermanas y yo buscábamos un recoveco para guarecernos del frío y amontonados tratar de pasar la noche, un velador apareció muy campechano, nos abrió la puerta y nos regañó.

No debimos regresar por ahí a solas, dijo, mientras encendía su cigarro, el mismo que había ido a comprar a una tienda no tan cercana.

En diciembre pasado volví, ahora con mi propia familia. Hicimos el recorrido, de nuevo sin problemas, interesante e ilustrativo.

 

No obstante, al regreso topamos con una inmensa fila india de visitantes intentando tomar el tren que nos llevaría a la salida.

Una hora y media tomó que nos tocara el turno, una hora y media de desesperación, miedo y hastío. 

Entrar a la mina, ahora lo sé, siempre es una experiencia inaudita; intentar salir de ésta, en cambio, es una aventura casi terrorífica.

Con todo, Zacatecas me gusta.

Roedor de Lencería