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¿Cómo serán los deportes en 100 años?

En el 2010, la película “Gigantes de Acero” nos mostró una pincelada de lo que podría ser el futuro si siguiéramos dependiendo tanto de las máquinas; pronto se convertirían en los protagonistas no sólo de nuestros entornos industriales y domésticos, sino también de nuestros espectáculos.

La premisa giraba en torno al abandono del box tradicional, para suplirlo con un “combate” entre robots, el cual seguiría manteniendo la esencia violenta del show sin tener que “arriesgar” la integridad de elementos humanos.

Resultaba curioso observar a dos personas “peleando” la una contra la otra sin siquiera tocarse, ya que todo el “trabajo sucio” era realizado por robots; cada humano estaba perfectamente seguro en su esquina del ring, mientras los androides se enfrascaban en fieros combates, donde las mutilaciones y decapitaciones eran “de lo más normal”, haciendo recordar por momentos aquellas crónicas de las combates a muerte entre gladiadores, delicias de la plebe en el imperio romano.

¿Será que estamos destinados a dejarnos suplir por los robots también en el ámbito deportivo? ¿Pasaremos de ser los elementos claves del espectáculo a ser sólo una especie de manejadores remotos?

Todo apunta a que sí. La tecnología cada vez se apodera de más y más tareas humanas; los procesos automatizados en fábricas, el enlace en las telecomunicaciones, el armado de vehículos, las reparaciones electrónicas, e inclusive, el tratamiento de algunos padecimientos y enfermedades.

¿Por qué no habría de ser así en el campo de los deportes?

Imagina por un momento la siguiente escena: un estadio a reventar, con miles de pantallas apuntando hacia el centro de la cancha, donde veintidós autómatas – once en cada equipo – se enfrentan en un juego cruel persiguiendo una pelota robótica que cuenta con voluntad propia.

No hace falta dividir el partido en dos periodos, puesto que los androides no se cansan, y darles un respiro no es necesario. Tampoco se requiere ese lapso de tiempo para cambiar la estrategia y motivarlos, dado que como máquinas, sólo necesitan recibir nuevas órdenes para modificar la táctica que debe llevarse a cabo en el campo de juego. A cientos de kilómetros de ahí, dos hábiles manejadores humanos operan a los veintidós robots; ambos “entrenadores”, dirigen a sus respectivos equipos desde la comodidad de su sofá, donde tienen a su alcance suministros infinitos de bebidas gaseosas y botanas crujientes.

Puesto que el apoyo del equipo local es totalmente intrascendente para un equipo lleno de robots, no es necesario visitar el estadio; todos se enlazan para ver el juego usando un canal de internet, el cual abandonaran tan pronto como termine la competición (o simplemente cuando se aburran de ella).

No hace falta preocuparse por la integridad de los jugadores; si alguno se rompe producto de una barrida contraria malintencionada, simplemente se le retira de la cancha y se saca un nuevo robot del cajón de repuestos.

Los miembros del equipo son desechables, pero el espectáculo no, y al igual que en tiempos de Shakespeare el show debe continuar”.

Pronto uno de las escuadras se pone al frente metiendo un gol desde tres cuartos de cancha. Con humanos esto no hubiera sido posible – no tan fácil, al menos – ya que carecen de potentes pistones en las piernas para llevar a cabo tiros tan potentes como para doblar una mano de guardameta reforzada con titanio.

La multitud enloquece prendiendo y apagando sus pantallas ultradelgadas. Los jugadores ni siquiera los toman en cuenta, ya que como robots, son incapaces de sentir, alegrarse, enfadarse o agradecer el gesto. El juego continúa, ningún equipo anota más goles. El partido termina justo en el minuto 90. Nadie reclama, los cascarones metálicos abandonan la cancha en perfecto orden, simplemente vuelven a sus contenedores y se apagan de forma automática.

El público simplemente sintoniza otro canal y se deja llevar por otro espectáculo cibernético, como el ballet de androides o un combate de artes marciales robóticas.

Y así, tras años de evolución, volvemos al punto donde comenzamos: cuando los humanos éramos incapaces de hacer nada. Sólo que antes, el motivo era la ignorancia, y ahora lo es la indiferencia.

¿Será que la tecnología está evolucionando más rápido que nosotros?

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