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Chaqueta mental con las dos manos

Las manos son un solo órgano, un solo sujeto, platican con las yemas de sus dedos, se embarran en lo mismo y lo que una prueba, lo siente la otra. Son una pareja de trapecistas, son forzosamente una guitarra o un violín, una extensión de la boca cuando besas o hablas.

Besar con las dos manos es besar completamente. En dado caso que se pierda una de ellas, se tiene que desarrollar una habilidad para que el beso no sea torpe y la cintura, la espalda o la cara que está frente a tu cara no sientan tu torpeza.

Dos manos son una enredadera que se abre en hojas y peces por un cuerpo, una sola mano es una serpiente que se enrolla en un caduceo buscando a su compañera para completar un símbolo irrecuperable.

Un gran libro no cabe en una sola de mis manos, y al momento de abrirlo, aunque lo apoye en la mesa, no puedo abrirlo sin sentir que algo falta, que una de mis vertientes se ha truncado en forma de dedos inmóviles y dolorosos. Mientras la otra, en contraste, siente el tejido de las páginas con amable trato y se entristece sin duda por no poder compartirlo con su hermana.

Ya que mis manos tienen ansias por ese juego y ese gusto por tocar las cosas, adaptándose a sus formas como el agua que se adapta a las formas por las que baja, no puedo más que sentir esa pequeña y triste felicidad de lo vano, pero suficiente para proporcionarme un deleite que en mis días venideros no consideraré efímero, pues estará en mí, aunque yo –éste yo- ya no esté en mí.

Hacer el amor con una sola mano es como hacer el amor con la mitad de la boca, con la mitad de la voz, con la mitad del olfato que se acerca con ojos y boca para olerte. Para los que no estamos acostumbrados, hacer el amor con una sola mano es sorprenderse a mitad de camino en una de las piernas, porque se extraña un cuello entre los dedos, unos dedos en los labios o diez uñas tercas marcando la otra piel.

En la violencia de un duelo de navaja una mano es cómplice de la otra y entre las dos encajan el cuchillo. De una mano a otra pasa la navaja para sorprender con un golpe que corte o aniquile. Ser acariciado o acariciar con las dos manos es como acariciar o ser acariciado por dos personas: suben y bajan, llegan por varios caminos, se envuelven como un humo y luego se tensan un momento, después siguen vagando o entran y humedecen.

Andan como locas, como hormigas locas, buscando algo por la piel que está en todas partes y en ninguna. Su movimiento parecerá aleatorio pero no lo es; son unas ganas de probarlo todo, de que no quede espacio sin tocar. A veces se descuida un tobillo, una pantorrilla, un triángulo en el hombro, pero la urgencia disimulada de las manos tarde o temprano llega y cubre triángulos y heptágonos y círculos.

Nada es aleatorio pero tampoco esquemático. La impaciencia del vientre se vierte en los ajetreos del cerebro y el corazón abre los ojos asustado, vuelve a cerrarlos y nuestras manos no terminan de llenarse. Dejamos que la carne o el cabello manipulen nuestras manos, que las palmas se abran totalmente, que se forme una copa en nuestros dedos.

Tu cuerpo, pasado un tiempo, se vuelve el molde de las manos que te tocan. Las manos educadas se contraen lentas como serpientes submarinas y se abren suaves para acostarse sobre la espalda de tu arena. Puedes caber entero en unas manos educadas.

Nuestras manos comienzan a llenarse de cicatrices con el tiempo. Aparece la línea, la estrella, la red que se endurece en fibras. Olvidamos las heridas y las cicatrices se quedan en nuestras manos. Colocamos una de nuestras manos frente a la mano de otro y es como recostarse verticalmente, tenuemente, uno contra el otro.

Los gitanos nos leen las manos. Ven en ellas vida, amor, amoríos, hijos, muerte, suerte, sal, miedo, torpeza, picardía. Yo veo mi mano y recuerdo tu pecho sostenido por ella, como mango lleno de tibieza y lleno de pulpa. Me tocas con tus manos, bajas de mí y me tocas con tus manos; envuelves con tu palma mi calor y nos absorbes a ambos.

Cuando las dunas de tu arena se van, las manos quedan secas y siguen teniendo sed. Otras dunas y otros arroyos empañarán mis dedos, y unas manos sin cara llegarán a tu orilla. Quizá tengo las cifras de tus luces en mis manos, encajadas como espinitas invisibles que apenas siento. Mis manos, que tocaron tu forma, buscan y se salpican, y un sol lento les seca poco a poco el agua que no es suya.

Cochito de Balandra

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