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Autoestima

El autoestima, esa palabra tan repetida durante la preparatoria y la secundaria, esa valoración de uno mismo que en muchas ocasiones escasea a torrentes. Si uno busca en Internet el significado de este concepto, encontrará la siguiente definición:

“La autoestima es un conjunto de percepciones, pensamientos, evaluaciones, sentimientos y tendencias de comportamiento dirigidas hacia nosotros mismos, hacia nuestra manera de ser y de comportarnos, y hacia los rasgos de nuestro cuerpo y nuestro carácter. En resumen, es la percepción evaluativa de nosotros mismos”

Pues bien, no suena muy complicado, ¿verdad? No, pero lo complicado viene cuando uno realiza esa evaluación de sí mismo y uno descubre que se desagrada. Imagínate, cómo le vas a simpatizar a alguien allá afuera, si por dentro no te caes bien ni a tí mismo. Aunque claro, la valoración que plantea la autoestima no se limita a un juicio nuestro totalmente independiente.

No, por el contrario, vivimos en una época histórica donde la mayoría de las evaluaciones que hacemos de nosotros mismos están delimitadas por indicadores impuestos desde el mercado. Ahondemos en esto. ¿Qué es lo que uno mide en sí mismo para valorarse, para tener un alta o baja autoestima? Si somos sinceros, lo más probable es que lo primero que apareció en nuestra cabeza fue el aspecto físico. Y es que en una sociedad donde el consumismo, el individualismo, el dinero y el permanecer joven para siempre son las aspiraciones y valores que permean nuestro tejido social, ¿cómo aprender a valorar el intelecto, las ideas, los proyectos, los valores honrados?

Dentro de estas reflexiones no podríamos omitir el retomar a un psicólogo social muy importante en temas de autoestima. Hablamos, por supuesto, de Abraham Maslow, quien creó la llamada “pirámide de las necesidades humanas”. El objetivo de esta pirámide es jerarquizar y visualizar, como su nombre lo dice, las necesidades humanas indispensables para tener una vida plena y una autoestima sana.

Esta pirámide se divide en las siguientes categorías, comenzando con la más indispensable: necesidades básicas (aquellas referentes a la fisiología, como respirar, dormir, comer, hidratarse, y mantener la temperatura corporal), necesidades de seguridad y protección (el sentirse seguro y protegido, tanto a nivel recurso como de viviendo y físicamente), necesidades sociales (las relaciones con nuestro entorno social de aceptación y convivencia), las necesidades de aprecio o estima (referentes precisamente al autoestima y su equilibrio) y finalmente, la autorrealización (que es donde el ser humano encuentra la realización plena, la satisfacción y un sentido válido de su vida a través del desarrollo de su potencial).

Es en la última categoría de la pirámide antes mencionada que hemos decidido retomar a este teórico —si bien todos los niveles intervienen en el tema aquí tratado—, pues concierne al autoestima. La necesidad de aprecio dispuesta por Maslow se divide, a su vez, en dos aspectos: la estima que se tiene uno mismo para sí (digamos, el amor propio, la confianza en el actuar personal, la autosuficiencia), y el respeto y aprecio que las otras personas nos conceden (reconocimiento y aceptación).  

Teniendo lo anterior en cuenta, es más fácil trabajar las cuestiones de nuestra autoestima, pues podemos partir de la premisa de que es necesario tomar en consideración tanto lo que nosotros pensamos de nosotros mismos como lo que los otros piensan (dejando esta parte en segundo plano).

Un aspecto clave para trabajar el perfil o el autoconcepto que tenemos de nosotros mismos, es realizar una evaluación de nuestras cualidades más atinada y justa a través la práctica de la introspección. Básicamente, hay que relajarse, cerrar los ojos, respirar profundamente y comenzar a explorar nuestra propia conciencia para ir desenredando esa tela que compone nuestra mente y nuestra existencia. A través de este proceso de revisión de nuestro pasado y presente podremos ubicar con mayor facilidad nuestras virtudes, nuestros defectos, nuestros logros, nuestros rencores, y comenzar con ello a reparar o cambiar aquello que nos haya detenido.

Pongamos un ejemplo para ilustrar esto: Juan es un joven de 18 años que concluyó de forma abrupta una relación amorosa de larga duración. Ha pasado un año desde aquello, y en ese tiempo el pobre Juan no ha podido sacarse una idea de la cabeza: cree que es feo, y que por esa cualidad de su aspecto físico es que se terminó su relación. Sin embargo, si Juan pone en práctica lo que aquí recomendamos (la introspección), rápidamente descubrirá que su relación no terminó porque “estuviera feo”, sino por razones totalmente ajenas a él. Con esto podrá dejar ir aquel lastre emocional, y comenzar un proceso de reconstrucción de su autoestima.

En conclusión, es importante que siempre trabajemos en nuestra autoestima, utilizando para ello los indicadores que la psicología social nos puede brindar, y siempre haciendo uso de la reflexión, la meditación y la introspección para conocernos a nosotros mismos, y así poder dar un juicio justo y certero de quienes somos. 

Dogo Filósofo

Comments

Fadme     24 February 2017

Excelente artículo, me gusto mucho, gracias.

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