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La absorción de la tecnología

El día de ayer reflexionaba sobre cómo la comunicación entre amigos, familiares y en sí, todas nuestras relaciones sociales, ha dado un giro de 180 grados. Con la llegada de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, la expansión de Internet, y el desarrollo de aparatos móviles que permiten el acceso inmediato a la red de forma omnipresente, permanecer pegado a la pantalla se ha convertido en el vicio más característico del Siglo XXI.

La respuesta a un par de preguntas evidencían esto: ¿cuánto tiempo pasamos a diario sumidos en el muro de Facebook viendo las interminables noticias que no paran de producir los infinitos medios? ¿Cuántas veces desbloqueamos el celular al día? ¿Cuánto tiempo pasamos frente a la pantalla? Somos adictos, y lo reconozcamos o no, necesitamos ayuda urgentemente.

De todo esto pude darme cuenta el otro día, cuando sentado en la sala con cinco amigos, tuve un momento de revelación al ver que todos los presentes estábamos absortos en nuestros celulares, pasando el dedo por la pantalla para seguir inyectándonos las noticias, memes y fotos de las redes sociales como si fueran heroína. ¿Qué universo surreal hubieran tenido que crear los inventores (o escritores de ciencia ficción) del Siglo pasado para imaginarse un mundo como este, donde ya no nos prestamos atención, donde la comunicación presencial ha sufrido una derrota tan dolorosa y una fractura tan vergonzosa? ¿Habrían podido dar con un escenario así, donde hemos desplazado al otro por una biblioteca digital infinita?

Hace diez años esto no ocurría, en aquel entonces apenas un individuo de cada 30 tenía un buen celular. Ya ni hablar de la rapidez de navegación que hoy ofrecen todos los planes de telefonía móvil. Es una de las grandes paradojas de la posmodernidad: estamos más conectados con el mundo virtual, y a la vez más, desconectados del mundo real.

¿Qué dice todo esto de nuestras relaciones sociales en pleno 2016? ¿Estamos caminando hacia un futuro donde ya no podremos vernos a la cara? Ya hemos dejado de saludar al vecino, ¿pasará lo mismo con los amigos, con la familia, con la pareja? ¿Terminaremos por ignorar hasta a nuestro pobre perro? ¿Y a nosotros mismos? ¿Será que, al no poder lidiar con el peso abrumante de la realidad, preferimos vivir inmersos en esa mundo alterno que representa el espacio virtual? ¿Es la Web el último refugio de la humanidad contra un mundo que se cae a pedazos? Muchas preguntas nacidas a partir de observar ese momento de silencio con mis amigos.

Algo que tampoco deja de inquietarme es la posibilidad de no poder comunicarnos, no por el hecho de estar pegados a los celulares, sino porque ya no tengamos temas en común de qué hablar. Porque, piénsenlo, ¿cuántas imágenes, videos, noticias, gifs, memes, publicaciones y demás contenidos no vemos a diario en la red? ¿Acaso podemos coincidir con el amigo que tenemos al lado, siendo que, ahora literalmente, cada cabeza (o mejor dicho, cada perfil) es un mundo? Definitivamente, parece que estamos viviendo una época histórica que está destinada a la separación de los otros, al “no vernos a los ojos”.

Hemos desarrollado una tecnología grandiosa, que entre muchas de sus virtudes están el acceso libre a la información y el conocimiento, la distribución de noticias y hechos periodísticos verídicos, el contacto inmediato con seres queridos que se encuentran lejos, así como un espacio donde nuevas formas de interacción y socialización son posibles. Sin embargo, a la par las nuevas tecnologías nos han demostrado que seguimos en la misma encrucijada legada por la lucha ideológica de la Guerra Fría: la mayoría de los individuos seguimos sin poder dominar nuestra libertad.

En esta ocasión lo podemos observar en nuestro uso abusivo de la red, en nuestro consumo adictivo de noticias, de mensajes privados y de información. Claro, también hay que reconocer que la misma sociedad nos ha orillado a esto, y recordar que el individuo siempre termina en una lucha interna de grandes magnitudes cuando se opone a los rituales sociales del estatus quo.

Hoy somos ultra-dependientes de la aprobación del otro, de ser escuchados, de que se nos ponga la misma atención que reciben las estrellas de la farándula. Gritamos que estamos aquí todos los días publicando fotos de nuestra cara, de lo que comemos, de lo que hacemos, en un intento lamentable por demostrar que existimos, cuando en realidad, si volteásemos a ver los ojos del amigo al lado nuestro, su sonrisa bastaría como evidencia contundente de que, en efecto, ocupamos un lugar en el mundo, y de que nuestra existencia tiene por lo menos un sentido: pasarla bien con los amigos.

Dogo Filósofo