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Enfrentar tus miedos

Llueve afuera en una mañana calmada de Domingo decembrino. La ciudad está calmada, no hay mucho movimiento. Estás solo en tu casa. Te preguntas por qué, por qué estás tan solo habiendo 1 millón de habitantes en la ciudad, 7 billones de individuos en el mundo, y tú estás solo, aislado. Quizás se deba a tus incapacidades para socializar, a que eres una persona “muy especial”, a que no toleras mucho las estupideces de la gente, además de que en realidad nunca te ha interesado mucho hacer nuevas amistades.

Pero la cuestión va más allá de eso, piensas mientras te levantas sin ganas de la cama para poner el café. Abres la alacena, sacas el nescafé, ves que le quedan un par de cucharadas, habrá que ir a comprar más durante la semana; ya veremos cuándo nos damos el tiempo, y ojalá que la lluvia no se prolongue porque mañana temprano hay que ir a trabajar, trabajar, trabajar.

El silencio y la soledad inundan la estancia mientras continuas con tus reflexiones matutinas. Decías hace unos momentos  que las cosas van más allá, y es que la verdad para uno mismo rara vez se puede ocultar. El origen de tu soledad no es otro que tus miedos, aquellos a los que no te has querido enfrentar. Desde aquella ruptura amorosa, tan dolorosa no has querido salir a explorar el mundo de nuevo, porque tienes miedo de que vuelva a ocurrir, tienes miedo de que te vuelvan a lastimar, tienes miedo de sufrir.

Y bueno, ¿Quién no tiene miedo de esto? El rechazo al dolor es parte de nuestra condición humana, una actitud que la mayoría compartimos, sobre todo cuando el tema de la muerte se hace presente en nuestra cotidianidad. ¿No está uno muerto cuando no tiene nadie con quien compartir la vida? No sé qué responder, porque uno podría afirmar lo anterior con facilidad desde el mundo occidental, pero luego volteas a ver a los japoneses y te das cuenta de que la verdadera vida solitaria la tienen ellos, tan separados por los códigos de su propia cultura, por sus tradiciones: han heredado la soledad de generación en generación.

Pero venga, si la razón de mis escasas amistades es que tengo miedo de salir lastimado, ¿Cómo solucionarlo? ¿Cómo enfrentarme a ello? ¿Cómo superarlo? Quizás empezar a dar amor de nuevo, para después recibirlo. Ya lo dice Perota Chingo, hay que buscar esos seres extraños. Pero me niego, me niego a pasar otra vez por el mismo sufrimiento. Veamos, seamos analíticos y críticos. ¿Qué ocurrió la última vez? Me engañaron, me vieron la cara después de que yo me entregué por completo, me utilizaron. ¿Fue así, o así es como quiero recordarlo? ¿En realidad quiero recordar esa experiencia como si yo fuera la víctima?

Veamos, ése es el primer punto a atender. Una relación no se puede juzgar sólo por su final, sería una injusticia, un reduccionismo tremendo y desleal, una síntesis cobarde de un acontecimiento inmenso. No, si he de ser justo, tendría que reconocer que durante aquella relación también viví algunos de los mejores momentos de mi juventud. Así fue, me enamoré perdidamente, me entregué como un loco enamorado sin remedio, y durante casi 4 años disfruté de los frutos de una buena relación, claro, no perfecta, por el contrario, llena, repleta, rebosante de defectos. Pero al mismo tiempo un vínculo que me llenó de esperanza, de amor, de buenos recuerdos y emociones.

Sí, es en eso en lo que me tengo que enfocar para enfrentar mis miedos. Ya lo decía Eduardo Galeano, “Si me caí es porque estaba caminando. Y caminar vale la pena aunque te caigas”. Es innegable que una relación amorosa siempre enriquece tu vida. Claro que tampoco podemos evitar el dolor que llega con todo proceso de separación. Pero la solución no es encerrarme en mi madriguera, ni esconder la cabeza en la tierra como un avestruz que busca evitar los problemas al no verlos.

No, tengo que enfrentar mis miedos, tengo que recuperar la valentía, atreverme a querer y amar otra vez, buscar nuevamente a una persona que sea mi reflejo, mi espejo, y yo ser el de ella, conquistar la comprensión que implica mirarte en los ojos del otro, mirar la vida y la realidad desde la perspectiva de alguien más.

Vaya, parece que hasta el clima me quiere dar la razón, veo que las nubes se están despejando, el horizonte se mira prometedor, nace los rayos del sol después de una tormenta que en apariencia parecía que duraría para siempre. 

Dogo Filósofo