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¿La tecnología realmente mejora nuestras vidas?

Televisiones y teléfonos inteligentes, tablets, ipods, la banca electrónica, trabajo a distancia, compras por internet y un etcétera que no continuaré porque podría terminar dentro de muchos minutos y quizá hasta unas cuantas horas. ¿Será cierto que estos aditamentos y otros avances tecnológicos realmente mejoran nuestra vida?

Hace unos años visité una exposición que venía de Finlandia, se llamaba “Vida fácil” y presentaba un recorrido de los avances tecnológicos en la vida del hombre desde las cosas más básicas, como la invención de las lavadoras que, aunque ahora tal vez no veamos con asombro, en algún momento fueron el avance tecnológico más innovador y práctico para la vida hogareña. De ahí a los avances que siguieron, como la invención de las lavavajillas, secadoras de ropa y para pelo y otros, la tecnología doméstica avanzó mucho y, aparentemente, para bien.

Después del desarrollo de la tecnología en el ámbito doméstico hubo un gran boom informático. Todavía recuerdo que cuando era niña recibimos una computadora e impresora de mi abuelo. En ese tiempo tener ambas era complicado y las máquinas de escribir eléctricas eran lo más común para niños y jóvenes en edad escolar. En esa computadora eran necesarios los comandos básicos para iniciar el sistema operativo y la diversión entonces consistía en aprender a maniobrar los controles en el programa para realizar dibujos sencillos o en entretenerse con los juegos preinstalados, como buscaminas y solitario. Además, la conexión a Internet todavía no estaba en auge y era raro que la gente utilizara un teléfono celular.

Continuó el avance tecnológico y con él también siguió creciendo la lista de ‘necesidades’: reproductor de mp3, porque los discman ya eran obsoletos; reproductor de DVD’s, por eso de que las cintas VHS se rompían a veces o se quedaban trabadas; contratación del servicio de Internet para estar conectado a la red de redes; crear una cuenta de correo electrónico; y en fin... La tecnología siguió progresando y se metió cada vez más en nuestras vidas.

Durante el desarrollo, no sólo la esfera personal se vio invadida de tecnología, sino que otras fueron parte del avance en la carrera tecnológica. Desde el marcapasos hasta los aditamentos que mejoraban la precisión quirúrgica, la tecnología envolvió al género humano en un manto que parecía ser solamente benéfico y que, hasta la fecha, parece arroparnos todavía con su bondad.

Muchas de las cosas que antes no podríamos haber hecho ahora son de lo más sencillas gracias a la tecnología. Nuestros abuelos quizá nunca encontraron el disco que tanto anhelaban o el regalo que tanto desearon después de ver en una película, pero nosotros ahora podemos comprar casi lo que sea por Internet. La palabra 'trabajo' ya no implica forzosamente translados tediosos o un ambiente laboral rígido porque podemos teletrabjar, y si surge cualquier imprevisto podemos notificar rápidamente a la gente que no lograremos asistir, ya sea una reunión laboral o un encuentro personal. ¿Qué más podríamos pedir?

Aparentemente la tecnología sí mejoró nuestras vidas, pero convendría hacer un análisis más profundo porque, más allá del tiempo que podamos ‘invertir’ sentados al frente de una pantalla o con el celular en mano, la tecnología no sólo facilita la vida. En un país como México, donde los precios de gas, luz y otros servicios aumentó, la tecnología, incluso en sus formas más inofensivas o benéficas, representa un incremento importante para la economía. Las lavadoras consumen electricidad, algunas secadoras también y otras funcionan a gas, los celulares y todos los demás dispositivos se cargan con el servicio eléctrico y los servicios de telefonía móvil tampoco son gratuitos.

A menos de que tengamos holgura económica, la tecnología parece ser, cada vez más, una comodidad que quizá no esté al alcance de nuestro bolsillo, más aún si queremos tener siempre lo más nuevo y actual del mercado tecnológico. Agradezcan a la tecnología pues, pero no se aferren a ella porque nos ahorra tiempo, pero no dinero.

Elisa E.

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