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Fiebre de Sandra con una pizca de José Emilio Pacheco

“Debes escribir una historia sobre el noviazgo o sobre el amor, Sandra”, dijo mi jefe. Pero si yo soy politóloga, ¿qué voy a saber yo de amor tomando en cuenta que hace un año y medio no tengo novio?

Y lo primero que vino a mi mente fue Ringo. Pero, tristemente, no es mi novio. El tema es ‘noviazgo’, así que tuve que pensar en alguien que estuvo antes de él.

Se llamaba Juan. Estaba realmente enamorada. Siempre me hacía reír y hasta teníamos apodos, miradas; fueron vivencias bellísimas e inigualables. Él era mi vida, mi cielo bello.

Como todo lo mundano, lo nuestro fue efímero. Nunca supe en qué momento ese inmenso y tierno amor se convirtió en sufrimiento. Es tan triste... los rompimientos siempre serán un duelo.

Durante un año lo extrañé, día y noche. Despertaba y pensaba en él. Durante el día, siempre algo lo traía a mi mente. Manejaba y lloraba. Era mi constante compañero por las noches. Diariamente nos encontrábamos en mis sueños. Todas las mañanas, al despertar, mis manos lo extrañaban.

Hasta que comprendí (sí, muy tarde) que ya no iba a volver. Ahí fue cuando lo dejé ir. Esto me recuerda algo que alguna vez leí de José Emilio Pacheco:

“Ningún amor termina felizmente. La vida te desune o la muerte te separa.”

Hoy ya no deseo que vuelva. Sólo deseo que sea muy feliz.

Después, como decía el gran Jaime Sabines, tuve que recetarme ‘tiempo, abstinencia y soledad’. Mis preciosos libros me ayudaron a ‘curarme de ti’.

Y entonces llegó él, Ringo. Es de esos chicos que debería traer instructivo porque simplemente no logro comprenderlo.

De él me gusta su sinceridad. Es tan honesto que incluso desconcierta a sus amigos más cercanos. Pero a mí eso me encanta de él. También puede ser el más tierno pero la mayoría del tiempo, es frío. Sólo me da un vistazo de su ternura y luego, cierra todas las puertas. Pero eso también me gusta porque esos pequeños destellos se convierten en una linda complicidad.

Nos conocimos en la prepa. Éramos inseparables. Yo era novia de su cuate, Julián, y él era novio de mi amiga, Rita. Como en todas las escuelas donde estuve, excepto en la Universidad, yo tenía mi ‘club de fans’; ya saben, chicas que me odiaban sin razón aparente. Y él siempre me defendía, más que mi novio o cualquier amigo, él siempre, siempre me defendía. Se volvía totalmente hostil con quien intentara dañarme.

La juventud nos ganó y nos separamos. No supimos manejar ciertas relaciones amorosas, sin embargo nunca existió un adiós entre nosotros dos. Y aquí estamos de nuevo. Veinte años después y un poco rotos los dos, nos volvimos a encontrar. Así, nada más.

Con o sin instructivo, él es una bella casualidad.

Y así terminó un noviazgo donde lo que sobró fue amor.

Y así puede comenzar una historia con hermosos recuerdos en sus cimientos. Total, ¿qué es lo peor que puede pasar? ¿Que volvamos a ser grandes amigos?

Siempre valdrá la pena arriesgarse por amor.

Unidad

Errante fue la hoja amarilla

desprendida en un acre otoño.

Por supuesto no volvió al árbol.

Conoció otro aire.

Cayó en el río veloz que no han sometido

y atraviesa la ciudad a ciegas.

 

Quién nos iba a decir en aquel entonces

cuándo, cómo y en qué lugar

la hoja y yo nos reecontraríamos

en un puñado de polvo.

 

Polvo los dos, invisibles

-a menos que nos suspenda un rayo de sol-,

cómo nos estrechamos sin tener cuerpo,

con cuánto amor nos decimos:

Por fin estamos juntos, somos iguales.

 

-José Emilio Pacheco-

Angie Tovar

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